En tierra de gigantes

He aprovechado el fin de semana para realizar algo de turismo rural que tanto me gusta. Castilla La Mancha, es sin duda una de las zonas del país con más opciones para este menester. Es triste ver como a medida que la centralización de la industria y la aglomeración de poblaciones en núcleos urbanos avanza, se va perdiendo la esencia de un país que tiene su origen en la agricultura y la ganadería, dejando atrás preciosos pueblos que intentan mantener los resquicios de lo que una vez fue el reino de Las Dos Castillas, o gran parte de un pasado que no deberíamos olvidar.

En nuestra obsesión por el desarrollo olvidamos a veces los retos a los que se enfrentaron nuestros antepasados y el complejo trabajo que a veces suponía como en este caso, la gestión de estos gigantes de viento para que la producción de molienda fuera lo más alta posible.

Uno de los monumentos que más caracterizan a esta región, son los molinos de viento, que a lo largo y ancho de sus montes permanecen hasta la actualidad, inalterables, algunos de ellos aún en funcionamiento, para la producción de cualquier tipo de harinas, deshaciendo el grano mediante un engranaje de ruedas y dos piedras de molienda, una magnífica creación que la ingeniería del siglo XVI supo desarrollar para aprovechar los vientos que venían de cualquiera de los puntos cardinales.

En la tarde, contaba el molino: Otro día más de descanso me permite disfrutar del atardecer manchego, me acompaña una descendiente lejana del viejo molinero que preparaba las velas en mis aspas para surcar los vientos de Castilla. Parece perdida en el abismo de esa pequeña pantalla sin pararse a pensar siquiera el momento que nos une y que no recordará, cuando el tiempo marchite su memoria, al igual que me hizo envejecer hasta quedar casi totalmente olvidado.

El Guardián de la Luz

Es difícil realizar capturas «robadas» teniendo en cuenta el entorno que nos rodea, no siempre es posible integrar el momento, la situación o el sentimiento, que expresa una persona en ese tapiz infinito que nos ofrece la calle.

Una cámara sencilla puede valer a tal efecto, la foto está ahí, esperando a ser capturada, un simple disparo y tendremos un momento inolvidable que pasará a ser revelado y mostrado al mundo para ser recordado.

Viajé a un pequeño pueblo de la Sierra de Francia en la provincia de Extremadura, noche cerrada, un callejón sin destino, solo la nada, esa oscuridad que lo envuelve todo de noche, y que poco a poco se ha visto mermada por la actividad del hombre, que llena de luz artificial todos los rincones modificando la vida de los seres que necesitan nocturnidad.

La chica, deja al fondo la mirada perdida, esperando resolver el oscuro misterio debajo del Guardián de la Luz, una vieja farola que paciente como el sereno ilumina cada noche el sombrío callejón, impasible ante el paso del tiempo. Poco a poco ha perdido su blanca armadura, ahora desnuda espera no encontrarse con esos espíritus traviesos que bien podrían apagar su larga vida y dejar paso a la más absoluta oscuridad.